Este cuento pasa en una escuela con un jardín muy especial: ahí las plantas escuchan lo que dicen los niños. Es la historia de Mateo, un niño que aprendió que las palabras son como semillas.
1
Un día Mateo estaba enojado porque perdió en el futbol, y le gritó a su amigo Leo: —¡Eres un torpe! Justo en ese momento, una flor junto a ellos se marchitó.
2
Mateo se asustó. La maestra Rosa, que cuidaba el jardín, le explicó: —Aquí las plantas sienten las palabras. Las palabras feas las secan, y las amables las hacen crecer.
3
Mateo no lo creyó del todo, así que hizo una prueba. Se acercó a una planta pequeñita y le dijo: —Eres muy bonita y sé que vas a crecer.
4
¡La planta creció un poquito y le salió una hoja nueva! Mateo abrió los ojos enormes. Entonces pensó en su amigo Leo.
5
Fue a buscarlo y le dijo: —Perdón por decirte torpe. Eres buen portero y me gusta jugar contigo. Leo sonrió, y la flor marchita volvió a abrirse.
6
Desde ese día, Mateo y sus compañeros llenaron el jardín de palabras amables: «gracias», «te ayudo», «qué bien lo hiciste». El jardín nunca había estado tan lleno de flores.
7
La enseñanza es que nuestras palabras tienen fuerza: pueden lastimar o pueden ayudar a crecer. Y cuando nos equivocamos, pedir perdón de corazón arregla mucho. Fin.